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"No es accidental que el
fotógrafo se meta a fotógrafo, como no lo es que el domador de leones se meta a
domador." --Dorothea Lange --fragmento de Conversaciones con
Kafka, de Gustav Janouch --Thomas Struth Si bien es cierto que esta afinidad ha
recibido una atención importante (i) recientemente, no lo es menos el hecho de que en la
mayoría de los casos los trabajos se han ceñido por lo general a la reseña de los
últimos dos o tres decenios. Sin ir más lejos, conviene recordar que, en el caso de la
práctica fotográfica, la relación entre la fotografía y la arquitectura viene de
lejos, id est, desde finales del siglo XIX, cuando la fotografía arquitectónica se
convierte en una especialidad cuyo objetivo era documentar la obra de un arquitecto para
una publicación u otras finalidades semejantes. Se trataba por lo general de imágenes
documentales "objetivas" plasmadas mediante brillantes tomas exteriores
iluminadas con luz natural. Y posteriormente, con algunas
excepciones como los constructivistas rusos, no es hasta el año 1966 cuando asistimos a
un auténtico redescubrimiento de la arquitectura a manos de Bernd y Hilla Becher,
quienes, con sus magníficas y monumentales fotografías de edificios industriales en
desuso, superan el simple registro de la apariencia física con el fin de revelar
cualidades menos tangibles. Posteriormente, sus alumnos, agrupados bajo el nombre de
Escuela de Düsseldorf, y de los que Andreas Gursky, Thomas Struth, Candida Höfer o Axel
Hütte son acaso los más ilustres representantes, han optado de manera rotunda por
dirigir sus lentes hacia la arquitectura de autores conocidos revistiéndola de una nueva
dimensión. Así es cómo desde principios de los 90 la recreación fotográfica de
exteriores e interiores se ha convertido en una propuesta artística muy divulgada entre
los artistas plásticos (algunos de ellos colaboran frecuentemente con arquitectos). Y en el actual contexto
postfotográfico (iii), en el que lo real y lo irreal se difuminan perdiendo la
fotografía su exclusivo privilegio sancionador o notarial -documental- de la realidad en
relación con las prácticas artísticas clásicas como el dibujo, la pintura o la
escultura, las posibilidades de lo digital permiten cuestionar nuestros modos de ver y
entender la realidad que nos rodea superando la literalidad del registro para concebir
imágenes que trascienden el propio concepto de lo real. Al fin y al cabo, aún siguen
teniendo toda su validez las palabras de Hal Foster (iv) cuando nos recuerda que: "No
hay un <<ahora>> sencillo: cada presente es asíncrono, una mezcla de tiempos
diferentes. Por tanto, no hay nunca una transición oportuna, es decir, entre lo moderno
(podríamos considerarlo lo fotográfico) y lo posmoderno (o <<lo digital>>),
nuestra conciencia de un periodo no sólo proviene del hecho: también proviene del
paralaje." No es accidental entonces, siguiendo
la máxima de Dorothea Lange, que Daniel Machado busque poetizar sobre el meticuloso
registro iconográfico de la modernidad a través de sus edificios emblemáticos. Por otro
lado, y más recientemente, también los suizos Herzog & De Meuron han dejado dicho
que "Siempre nos ha gustado más el arte que la arquitectura. No es una actitud
pasajera... Nada hay más aburrido que el arte sobre arte o la arquitectura sobre
arquitectura." Y tampoco es menos cierto que el arquitecto necesite cada vez más de
las posibilidades del mundo digital para experimentar con conceptos espaciales
radicalmente nuevos que proliferan en el campo de la planificación y el diseño. En este
mismo sentido, el modo de producción del arquitecto se acaba asimilando cada vez más a
los procesos artísticos.
Lo que Daniel Machado nos ofrece es
una visión emocional de las arquitecturas que le interesan. La buena arquitectura tiene
proporciones y es significativa. De eso trata su obra. También significativo es el hecho
de que se trate de diferentes ciudades -Nueva York, Barcelona, Buenos Aires y Montevideo-
en cierto sentido asimétricas: la preponderancia de unas y otras en el mundo del arte y
la arquitectura, a pesar de utilizar una sintaxis similar. Conviene recordar que tanto el
Guggenheim como el Palacio Lapido tuvieron una vocación rupturista con el pasado,
incardinados como se encontraban en unos espacios urbanos para nada modernos en su
lenguaje formal. En cierta forma asistimos a una
visión cuando menos irónica y crítica de la arquitectura de vanguardia, a un traslado
de modelos que no tienen para nada en cuenta la especificidad local. Para ello, Daniel
Machado elige unos fragmentos fuertemente tectónicos en los que hay fotografía al
natural dotada de un exquisito y corbusiano tratamiento de la luz, como también
manipulación digital con Photoshop, que le permite fraccionar el motivo y relacionar
sutilmente los fragmentos al colocarlos en serie. En momentos, las manipulaciones no son
demasiado evidentes, en otros, las intervenciones adquieren la forma de intrigantes
prolongaciones espaciales y torsiones -tal es el caso del Guggenheim, el Palacio Lapido o
la terminal de la TWK en el aeropuerto JFK convertido en una suerte de pájaro alado. Cada época necesita sus propias
utopías, y la sociedad necesita reflexionar acerca de ellas. El proyecto y la
arquitectura modernos, basados en una racionalidad productiva y tecnológica excesivas,
han quedado caducos. La posmodernidad sólo ha ofrecido quiebros y metáforas vulgares
basadas en una igualmente excesiva fe en el consumo y el mercado. "La crisis de los
modelos utópicos para la ciudad, el urbanismo y la sociedad parece situarse entre las
motivaciones que circulan debajo del interés de la fotografía y la escultura de los 90
por construir, a partir de maquetas previas y una representación del mundo en miniatura,
un mundo que es a la vez modelo, ficción, verosimilitud, posibilidad, tergiversación,
engaño, simulacro y destrucción de modelos." (vi) Si a la palabra
"maqueta" le añadimos "digital", entonces estas reveladoras palabras
nos servirían para apreciar la reivindicación y (re)construcción que Daniel Machado
hace del espacio que nos rodea. Sus transarquitecturas, que conjugan de manera intrigante
las posibilidades de lo fotográfico con lo digital, se despliegan ante nuestros ojos como
una experiencia estética "cálida" al tiempo que nos ayudan a repensar los
espacios que nos envuelven. Y eso, en los tiempos que corren, no es poco. (i) 1. Algunos de los libros que se
han publicado últimamente sobre el tema son Minimalismos de Anatxu Zabalbeascoa y Javier
Rodríguez Marcos; Arte y arquitecturas: nuevas afinidades/Art and Architecture: new
affinities de Julia Schulz-Dornburg, ambos editados por la editorial española Gustavo
Gili. (ii) Novak, Marcos:
"Transarchitectures and Hypersurfaces: Operations of Transmodernity", en
Architectural Design, Nº 133, 1998 (iii) Robins, Kevin: "El
inconsciente virtual en la post-fotografía", op. Cit., pág 51. (iv) Foster, Hal: "Postmodernism
in Parallax", October, nº 63, págs. 5-6, 1993 (v) Léase al respecto el interesante
ensayo introductorio de Martín Lister (comp.) en La imagen fotográfica en la cultura
digital, Paidós Ibérica, Barcelona, 1997, págs. 13-43. (vi) Olmo, Santiago B.: "Maqueta
para desarmar modelos", en Lápiz, nº 183, mayo 2002, pág. 18 (vii) Barragán, Paco (1963, Oviedo), es periodista, traductor. Ha escrito en medios extranjeros -Metropolis M, Estilo, Artnexus, Eyeline- y nacionales. En la actualidad colabora en España de manera habitual con la revista Lápiz y el suplemento cultural del periódico ABC. Es autor del libro El arte que viene/The Art to Come (Subastas Siglo XXI, Madrid, 2002), en el que a través de la obra de 159 artistas analiza las últimas tendencias en el arte actual. También ha comisariado, conjuntamente con el grupo de artistas "El Perro", la exposición Deluxe. |
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