"El
país en trozos" por Marcelo Pereira (Publicado en Brecha
23/12/2004)
Un síntoma llamado Maykol
...
Irrumpe una crisis de la relación ciudadana con el sistema de asistencia
médica, que está maltrecho, desbordado y con los nervios de punta.
...
Un año después de la muerte de Maykol Cardozo, el procesamiento con prisión
preventiva de dos médicos que lo habían atendido en el servicio de
Emergencia del Hospital de Clínicas funciona, al fin de este 2004 cargado de
símbolos, como una especie de contrapeso del 31 de octubre. Si el resultado
electoral abrió esperanzas de que cada uno encuentre lo mejor de sí, para
ofrecerlo en renovados espacios de solidaridad, esta tragedia exhibe de qué
modo la fragmentación social nos ha vuelto menos capaces de comprendernos y
más mezquinos.
A muchos les cuesta entender la movilización médica contra los
procesamientos. A muchos médicos les cuesta entender que no los entiendan. Y
el problema social principal no es dilucidar, con criterios académicos o
detectivescos, si la presencia en la comunidad de estafilococos dorados
resistentes a la meticilina ya había sido suficientemente difundida en
noviembre de 2003, o qué probabilidades de un mejor desenlace habrían
existido si se hubieran realizado en forma más prolija el interrogatorio y
el examen físico de aquel adolescente (aunque es muy útil que se incorpore
al debate público la idea de que esos simples y antiguos procedimientos no
sólo son básicos para la relación entre el médico y el paciente, sino que
también pueden ser tan importantes para preservar la salud como una costosa
tecnología).
...
ruinas y quiebres.
Se invita a los lectores a un breve recorrido virtual por
el Clínicas, guiados por el ojo del fotógrafo Daniel Machado, en
http://webs.montevideo.com.uy/rodelu/hospital/hospital.htm
Allí verán parte
de una realidad que incluye lugares peores (por ejemplo, basurales internos,
ruinosas salas en desuso donde se amontonan muebles rotos, escombros y
cantidades industriales de colillas abandonadas por fumadores furtivos,
además de otros desechos que más vale ni nombrar) y otros mucho mejores,
como islotes de alta tecnología en medio de la desolación. Una realidad tan
dispar y fragmentaria como la sociedad que la alberga.
Ese es el escenario en que actúan algunos héroes, unos pocos villanos y
muchos humanos que no son lo uno ni lo otro, algo servidores y algo
déspotas, capaces de actos de gran abnegación y también de ausentarse en
bloque de una guardia para cenar, mientras los espera gente que sufre pero
que a veces, en medio del estrés y la angustia, puede ser percibida como una
horda sitiadora e insaciable.
Gran parte de la comunidad médica que lucha en esas trincheras, o en las de
hospitales de Salud Pública que están peor que el Clínicas, siente que se ha
cometido con ella una tremenda injusticia, y el malestar colectivo
prevalece, al menos transitoriamente, sobre las profundas contradicciones
internas de un gremio en el que conviven los empresarios con sus empleados,
los millonarios con los menesterosos y los altruistas con los bandidos. Por
supuesto que a los malos les resulta muy útil clamar a coro junto con los
buenos, y si es posible aparecer como sus portavoces.
Por otra parte, en este país deformado por la impunidad del terrorismo de
Estado, las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Mientras andan
libres los torturadores, ¿cómo pueden estar presos -piensan muchos- dos de
nosotros, sólo por equivocarse al hacer lo poco que podían para salvar
vidas?
(Sobre la cuestión de los errores y sus consecuencias penales, es útil leer
el suelto de opinión incluido en estas mismas páginas.)
Una asamblea de médicos del Clínicas y otra -consultiva- de afiliados al
Sindicato Médico del Uruguay (smu) pidieron las renuncias del director de
Emergencia de ese hospital, Augusto Müller (que la presentó), y de su
directora, Graciela Ubach (que reivindica su proceder en este caso y pide
que la juzgue un tribunal arbitral del sindicato, con cuyas autoridades se
reunió el martes 21). Pero no las pidieron por la muerte de Maykol, sino por
considerar que Ubach y Müller no respaldaron como debían a los médicos que
han terminado presos, penúltimos orejones del tarro.
Alguno sospecha que si pudieran haber marchado a la cárcel los "leucos" (los
estudiantes que van a ayudar y aprender, y que son confundidos con médicos
por la mayoría de los pacientes), allí estarían sólo ellos. En esto sí
juegan antiguos conflictos internos, entre ellos los que oponen, dentro del
jerarquizado mundo médico, a los teóricos y los prácticos, o a los
administradores y los curadores.
Hay también, entre quienes entregan muchas horas a la medicina para pobres,
la sensación de ser víctimas de ingratitud, a partir de una relación
imaginada como pura donación, desde el saber y el poder hacia los portadores
de carencias. Quizá sea el mismo sentimiento de las maestras que, cada vez
con más frecuencia, son agredidas por padres o alumnos. El respeto por los
apostolados mengua en forma alarmante.
Pero puede haber también, en el actual malestar médico, algo parecido al
modo en que viven su situación numerosos policías, convencidos de que la
sociedad no valora como debería a sus sacrificados guardianes. Policías que
a veces, en su fuero íntimo, creen que el poco sueldo, las jornadas
extenuantes y la creciente agresividad social que afrontan pueden
justificar, o por lo menos hacen muy comprensible, que se apriete sin
necesidad algún gatillo.
¿Y cuántas veces hemos escuchado, con horror, a los militares que también se
consideran incomprendidos y rodeados de ingratos, porque piensan que quien
no vivió los peligros de la "lucha contra la subversión" no puede ni debe
juzgarlos?
Así pasa en las sociedades quebradas, donde la cultura propia de cada sector
justifica todo lo que éste hace, con prescindencia o rechazo ante las
opiniones "externas".
riesgos. En las actuales condiciones de trabajo, sostienen dirigentes del
smu, cualquier médico está expuesto al riesgo de la mala praxis. Esa
percepción del problema muestra una importante y reveladora confusión,
porque los verdaderamente expuestos a ese peligro no son los médicos, sino
sus pacientes.
A Maykol lo mató el sistema, se dice. No hay que hacer como los de Zona
Urbana, que arman escándalo con casos aislados sin mostrar los grandes
problemas estructurales, dicen. Aunque suene irremediablemente uruguayo, en
esto de los problemas de fondo y las responsabilidades individuales
convendría evitar los extremos. Asumir que la existencia de aquéllos no
anula éstas, y viceversa, puede ser una de las pruebas de fuego que nos
esperan durante el próximo gobierno, no sólo en la salud, sino también en
todas las demás áreas de los sectores público y privado.
A mediados de 2002, en medio de la crisis financiera, Ubach cerró la
Emergencia y adujo que se había llegado a una situación incompatible con la
asistencia debida. Hay que preguntarse si luego hizo mal en reabrir el
servicio.
En la rodada caemos también, por supuesto, los periodistas, acusados
-genéricamente o en particular- de haber cooperado para construir una imagen
abominable de los médicos y una santificación en vida de Deyvi Cardozo, la
madre de Maykol. Por ejemplo, al difundir que reza y lleva flores al
cementerio, entre otras actividades que pueden conmover al público.
Algunos contraataques van más allá, e incluyen crecientes rumores sobre el
modo en que ella se gana o se ha ganado la vida, sospechas porque aparece
siempre "muy producida"* y cosas por el estilo, sin que falte la hipótesis,
muy verosímil, de que su situación ha sido aprovechada con móviles políticos
(por ejemplo, torpedear el año pasado el prestigio de Ubach, que sonaba como
posible candidata a la Intendencia de Montevideo) y económicos (el interés
de algún abogado sinvergüenza en el mercado de las demandas contra
médicos**).
Nada de eso debería hacernos olvidar por un segundo que esa muchacha perdió
a su hijo. Ni que su reacción ante ese hecho terrible es natural e incluso
admirable, con independencia de quiénes puedan haberla ayudado, incitado o
explotado.
Ella tiene derecho a enarbolar su drama personal para impulsar una reacción
social, igual que cualquier familiar de una víctima de la dictadura; quizá
sea incluso su deber. Y sería bueno extremar las precauciones contra todo
reflejo de desprecio o criminalización ante la gente pobre con nombres
raros.
Para complicar aun más esta intrincada trama de conflictos, está en
discusión la legitimidad de realizar movilizaciones sindicales para
protestar contra un fallo judicial, y el hecho de que esto se discuta dice
mucho sobre el peso en Uruguay de las ideologías disciplinadoras. Los
jueces, como los médicos, se equivocan, y su función social no los
transforma en incuestionables.
Es una suerte que el Colegio de Abogados haya tenido el buen tino de
indicar, en una declaración sobre este asunto fechada el lunes 20, que "las
decisiones de los jueces pueden ser no sólo apeladas por las partes sino
también criticadas, legítimamente, por cualquiera", aunque también apuntó
que "aun la crítica más severa debe guardar las formas, sobre todo cuando se
realiza colectivamente y puede llegar a constituirse por ello en indebida
presión", recordando además que es "principio básico del régimen
democrático
republicano que la aplicación de la ley penal corresponde exclusivamente a
los jueces", y que "los gremios, colegios o asociaciones profesionales
pueden constituir sus propios tribunales, técnicos o éticos, pero éstos de
ninguna manera pueden sustituir a los jueces a la hora de investigar los
hechos con apariencia delictiva y hacer efectivas las responsabilidades a
que hubiere lugar".
También se puede decir, aunque no le corresponda hacerlo al Colegio de
Abogados, que un paro de protesta en el Clínicas perjudica ante todo a las
personas con escasos recursos que van a atenderse allí, aumenta la brecha
entre ellos y los médicos y parece -aunque no haya sido tal la intención-
una especie de represalia por la denuncia del caso de Maykol.
En todo caso -y esto también tiene que ver con la fragmentación social y con
dilemas en ciernes para los próximos años- parte del ánimo hostil contra los
médicos del Clínicas se asocia con sentimientos turbios de rencor y rabia,
podría decirse que de resentimiento social, exacerbados por la crisis de los
últimos años, que están entre los factores contribuyentes al triunfo
electoral de la izquierda y que son acicateados en algunas de sus polémicas
internas (por ejemplo, cuando se fomenta cierto menosprecio a la formación
académica, como si poseerla fuera un defecto). Excitar esas pasiones, sin
preocuparse por el afinamiento de la puntería, sale muy barato en los cortos
plazos y carísimo luego.
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* El argumento parece semejante a las críticas contra los pobres que tienen
televisión por cable.
** Debe tenerse en cuenta que también hay crecientes mercados en el negocio
de defender a los médicos contra demandas de mala praxis, y en el de
asegurarlos contra esas demandas.
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Publicado en Brecha 23/12/20 |